domingo, 24 de noviembre de 2013


DIALÉCTICA DEL CULO Y EL NOVIAZGO

por lo general soy proclive
a mirar culos de una manera explícita envidiable
mi novia no entiende por qué lo hago
ella piensa que mirar otros culos es un acto de infidelidad
(nada más lejos del engaño) ella sospecha mi huida en cada mirada
entiende en todo momento
cada par de nalgas como una rival en potencia
revolea los ojos hierve por dentro se irrita
me aprieta el brazo y con alguna excusa demasiado
estúpida (que no espera que yo me crea) me zamarrea
hasta que logra que cambiemos de dirección
pero una vez que tomamos el nuevo rumbo es inevitable
estamos ante otra legión de culos
y quizá de tetas aún más prominentes
es ahí cuando la cara de mi novia empieza sus ciclos más extraños
se empieza a deformar como buscando otro estado
es un lapso en verdad horroroso
se vuelve irreconocible como si viajara hacia atrás
como si el pasado bestial le cavernicolara
la cara
como si un instinto una pulsión de muerte
la poseyera como una máscara irretornable
mientras los culos pululan a mi alrededor y yo desespero
de ganas pero me horroriza su cara
a punto de todo
de cualquier cosa
su mirada atalaya que me traba la psiquis
me hace sentir amarrado un esclavo un ciego
un nene que no juega (no lo dejan)
y me parece que ella crece y cuanto más intento
imaginar los culos que no puedo ver más parece
que ella crece y no quiero que hable porque
sé que me va a aturdir que la voz
le va a salir ronca como un enojo negro sin matices
como un balazo como las tablas de moisés
no sé adónde vamos ella me lleva de la mano
yo no pregunto yo no quiero preguntar
yo no veo la hora de que lleguemos a casa
y cerremos las ventanas así no vemos más culos
así no tengo que hacerle notar que no los estoy mirando mientras
me vigila de reojo a la vez que mira y decide el camino por el que
 tenemos que seguir andando
no veo la hora de que lleguemos a casa
y ni se me va a ocurrir prender el tele porque
a cada rato hay chicas en semibolas y ella opina invariablemente
que no son chicas que son plásticos
y dice no sé qué cosas sobre unas cirugías en las que yo no habría podido
reparar al ver a las chicas si ella no me lo decía
pero ni loco lo prendo
pienso que a mi novia le gustaría comprarme un collar
y sacarme a pasear ella no es mala
estoy seguro que me peinaría me dejaría dormir en su cama
y hasta me compraría alimento balanceado del bueno
para que me brille el pelo
o más aun pienso que a veces desea mover su mano vagamente
decir alguna palabra mágica y convertir el mundo
en un desierto o en una antártida o en cualquier otra cosa
en la que no existan culos mejores o distintos al de ella
con más o con menos gramos como sea ella
quiere algo así y entonces me llevaría a pasear y me animaría
con comentarios eufóricos a admirar todo el paisaje hasta cada rincón
haciendo hincapié en detalles de lo más admirables
pero por el momento el mundo es el mundo
y está atestado de culos yo espero que ella se distraiga y entonces
doy un vistazo rápido y le saco todo el jugo posible
no sé si es que ella en realidad no me ve o si es que me quiere
en serio y me da esas treguas para hacerme feliz escasamente
                                                               con algún que otro culo

lunes, 11 de noviembre de 2013

CARTA A GRACIELA

Porque yo puedo usar la misma palabra para decir distintas cosas, así como puedo usar las mismas manos para mirarlas como ramas o para apagar la luz junto al río. Yo leo “zamba para no morir” y, aunque todo parece indicar que “zamba” habla de un género musical, de un baile que nace del pecho que anhela algo, yo, aun así, no pude evitar pensar ese “zamba” como un verbo: así como alguien canta, como alguien saluda, como alguien espera; también alguien zamba. Y zambar es hacer algo, y algo que se hace contra la muerte, o porque la muerte, o visto que la muerte. En un renglón escribí tres veces la palabra muerte, y siento que profané algo, y que estoy haciendo el ridículo. Con nombrarla una sola vez bastaba. Mentira, nunca nada basta para la muerte. Y decir mil veces la palabra muerte es nada hasta que es ella la que se pronuncia cerquita de uno. Porque la voz de ella es la que afina los nombres. Cuán otro sería yo si ella me dijera. Me va a decir, no lo dudo, pero aún no me ha nacido de su vientre hinchado. Yo sé que hace veinticinco años estoy por morir. Y quizá las palabras sean esta cintura con la que zambo. Y zambo Dios y zambo Sartre y zambo Nuevos Testamentos y Viejos quejidos y zambo sexo entre mujeres que ponen un desierto en mitad de mi nombre.

¿Qué haremos, Graciela, con nuestra espina dorsal? ¿en qué hospital podremos internarnos la sombra para irnos de paseo al banco de una plaza? ¿cómo educaremos al bichito en nuestra columna vertebral-alma, si se quiere-para que, una vez que haya cesado el cuerpo, vaya hasta el banco de donación de ideas a dejar un palabra nueva? ¿a quién donaremos la tercera parte de nuestro esqueleto si cada vez hay más perros en la calle? No sé, Graciela, no me preguntes. Vos dejame zambar. Hay algo de antropología espiritual cada vez que mis palabras giran, una teología fabricante de humanos que van a esperar el amanecer hasta que lo inventen tomando cualquier mate. Yo sé que no esperás que diga algo, pero, si te ha dejado de doler la muela ¿querés zambar conmigo?